Por María Susana Peralta

Convencerse es una de las enfermedades más aterradoras que conozco. Y, paralelamente, la más padecida. No sé que esperan los que esperan, ni entiendo cuando me dan órdenes, ni escucho cuando me regaño. Sé que soy un río, que las miradas son sólo recuerdos y que, por más que quiera, nunca voy a saber para qué sirve lo que soy. Abrazar la incertidumbre es un proceso propio, domesticado, personalizado. Y reconocerse en el dolor es apenas justo. Mientras que otros hurgan llagas, yo vuelvo a abrir las mías sólo para descubrir que todo sigue igual: soy diferentísima cada vez.

(De)construirse es necesario, porque cargamos discursos de viejos, y masticamos odios de muertos, y luchamos por ideologías de indiferentes. Dudarlo todo es bailar con colores para llenarse de algo. ¿Cómo vivir convencida? ¿Cómo no masticarlo todo? ¿Cómo entregarse sin reducciones y no amar a quien le recibe? ¿Por qué nos falta tanta dulzura? Si la identidad existe, sólo puede estar detrás de nuestros ojos, que no la busquen en ningún otro lado.

Y, finalmente, no me quiero olvidar del dolor; ni olvidarme del olvido. Pero sobre todo del dolor, que cose y lame y cosquillea espaldas rojas. El dolor que seca voces y moja camisas y se ahoga en suspiros; que nos c-r-e-a. Propongo arrojarse al mundo sin precauciones, con la sensibilidad y el placer en la punta de los dedos. Propongo que no nos dejemos hacer, que cada quien se construya como prefiera y, sobre todo, que nos persigamos incansablemente: no llegaremos a ningún lugar:

No subo las manos ni
espero respiros
ni me guardo de nada,
ni de nadie,
ni me encuentro.

Me veo cruzar los brazos
y me tengo paciencia.
Sé que hoy,
como siempre,
me falto.

Destruyo todos los días
lo que soy.
Y soy otra y
me recojo y ya,
aunque quiera,
no vuelvo a ti.

Ni a mí.

Ni a nada que me haga bien.

María Susana Peralta Ramón