Por Sebastián León Giraldo

Indígena, mestizo, blanco, negro, homosexual, heterosexual, transgénero, rico, pobre, alto, bajito, nerdo, drogadicto, prostituta.

El ser humano ha generado la necesidad de etiquetar o encasillar la diferencia a través de creaciones ideológicas. ¿Por qué se necesita encasillar la diferencia? ¿No basta con ser seres humanos? Por ejemplo, el término “Homosexual” se utilizó por primera vez en 1872, en unos panfletos que apoyaban la revocación de las leyes contra la «sodomía» en Prusia, y fue hasta 1877 que se utilizó científicamente en el texto: Psychopatia sexualis, escrito por Stuttgart. Hoy en día, es común encontrarse con personas que se identifican de esa manera; sin embargo, ¿Cómo se les llamaba a las personas “homosexuales” antes de esa fecha?, ¿cómo se referían a personas como Alejandro Magno, Sócrates, Leonardo Da Vinci, Platón, la dama de hierro, Miguel Ángel, entre otros?, ¿No sería suficiente llamarlos solamente por su nombre? Aún más curiosa resulta la creación del término heterosexual, el cual surge en 1880, 8 años después de la creación del término homosexual, y pareciera que su surgimiento fue simplemente para generar un complemento taxonómico y, así, poder clasificar a la gente sobre la base del acto sexual.

De manera póstuma, Magnus Hirschfeld creó e impuso la palabra “travestismo” alrededor de 1910, y solamente, hasta hace poco, surgió la palabra “transgenero”, ¿será que antes no existían personas “travestis” o “transgénero”?, o ¿será que antes simplemente no nos importaban todas estas clasificaciones sectarias que nos han impuesto a la fuerza? Estoy seguro que si nos hubiera preocupado toda esta diferencia desde un principio, la iglesia católica no estaría llena de travestis (Hombres vestidos con sotana “Curas”).

Sin embargo, las etiquetas van mucho más allá de estos términos referentes a la identidad de género y las orientaciones sexuales. Hoy en día es muy común escuchar términos como “drogadictos”, “prostitutas”, “indigentes”, etc., que terminan encasillando a cada persona y dándole una connotación negativa ante la sociedad. ¿Por qué no podemos verlos como lo que son, pares nuestros, seres humanos?

Otro ejemplo de ello es el término “indígena”, que se empezó a utilizar científicamente hacia 1532 para referirse a un “primitivo habitante de un lugar, nativo”, y que no sale en el Diccionario de la lengua real española sino hasta 1803; término que, además, fue traído a América en 1492 cuando se presentó el “Descubrimiento de América”. Y es aún más curioso, el hecho que dichos nativos se identifiquen a sí mismos como indígenas, un término instaurado por estos autoproclamados “descubridores”, quienes se dedicaron a saquear, violar y asesinar nuestros antepasados. Todo lo anterior nos lleva a preguntarnos ¿Les hemos dado tanto poder a sus palabras que inclusive utilizamos sus etiquetas para referirnos a nosotros mismos con orgullo?

No puedo terminar este escrito sin mencionar y recordar que así mismo existen etiquetas de razas (Blanco, Negro, Mestizo, Amarillo, Rojo, etc…), etiquetas creadas y usadas inclusive en la actualidad, para discriminar, rechazar, juzgar y descalificar a seres humanos. ¿Cómo podemos pensar en igualdad si aún teniendo un poco de conciencia social, insistimos en clasificar y encasillar la diferencia?

Sueño con el día en que las etiquetas sean únicamente para la ropa, con el día en que nos reconozcamos como seres humanos sin diferencia, con el día en que podamos ser felices sin ser encasillados, juzgados, etiquetados ni reprochados. Por eso ni blanco, ni rojo, ni negro, ni amarillo, ni trigueño, ni indígena, ni mestizo, ni puro, ni heterosexual, ni homosexual, ni transgénero, ni gafufo, ni “serio”, ni “bien”, ni NADA, …sencillamente Sebastián León Giraldo.