Por Stefanía Modesto

El jueves 5 de Marzo de 2015 viajó la última delegación de mujeres a la Habana. Coincidencialmente, si podemos llamarlo, “en el mes de la mujer” terminó la participación de la serie de tres delegaciones compuestas por mujeres que asistieron a la mesa de negociaciones para imprimir una noción de género al proceso de paz. Esta participación en el proceso de paz reconoce a las mujeres como víctimas en su condición de mujeres. Específicamente, las mujeres han sido violadas, convertidas en esclavas de las labores domésticas en diferentes escenarios de las guerra, así como también han sido desterradas de sus tierras y testigas de la masacres de sus familiares.

Esta violencia ha sido la que formalmente se ha reconocido en las investigaciones e informes que pretenden proveer un diagnóstico sobre la situación de la mujer en medio del conflicto. Sin embargo, y a pesar de lo valiosa que ha sido la identificación de estas categorías de análisis, hay un tipo de violencia que termina solapada entre estos análisis. Esta violencia se en cuenta alojada en la cultura machista la cual discrimina y/o asigna un rol por su sexo e identidad de género a las mujeres. Así en actos y prácticas tan simples como limitar prácticas deportivas por razones de género, condicionar el uso de los colores, gestos y actividades como femeninas y masculinas se termina por afianzar perfiles dicotómicos y violentos, el del sexo débil y el del fuerte. De este modo el perfil femenino es delicado, indefenso e incapaz de asumir algunas actividades y tareas frente a un perfil masculino fuerte, defensor y capaz de afrontar cualquier labor y/o actividad.

Esta cultura replicada en hogares, escuelas e interacciones diarias es una de las principales responsables de las miles de víctimas de violencia intrafamiliar y asesinatos que diariamente azotan a las mujeres a lo largo del mundo. Entonces, si bien es muy importante reconocer los avances en el proceso de Paz de la Habana y la delegación de las mujeres es fundamental para lograr una paz incluyente y un carácter realmente transformador, la pregunta es ¿qué debemos hacer nosotros y nosotras para refrendar y alcanzar una sociedad en paz en su cotidianidad? Pues bien, en primer lugar debemos hacer un esfuerzo por dejar de replicar categorías opresoras y violentas para hombres y mujeres. Así con nuestras madres, hermanas, hijas y amigas debemos permitirles e incentivarlas a que rompan con esos estereotipos femeninos que las condena.

Sin embargo, esta no es una tarea que convoca solo a las mujeres. Los hombres también juegan un papel determinante en esta transformación. Ellos deben permitirse transformar esos estereotipos de género que les promueven actitudes violentas y agresivas en cualquier escenario. A su vez, en sus prácticas ellos deben evitar continuar con una cultura machista que oprime a las mujeres con las cuales interactuan a su alrededor. En síntesis, la paz no es la ausencia de combates entre guerrilleros y fuerza pública en la periferia de nuestro país. La paz es una tarea que diariamente se encuentra en las manos de todos y todas. Por lo tanto, es necesario que entre todos y todas asumamos un actitud comprometida con actos verdaderos de paz que contribuyan a reconstruir sociedades en las que los actos violentos se conviertan en prácticas de reconocimiento de la diferencia y ruptura de estereotipos que sobreponen a los unos sobre las otras.